viernes, 1 de agosto de 2014

Salón de peluquería de Vicente Galián. Calle Adresadors número 17

 Salón de peluquería de Vicente Galián. Calle Adresadors número 17


La barbería y la peluquería son consideradas actividades fundamentales en lo que se refiere al mantenimiento de la higiene y el ornato personal. Aunque en la actualidad pueda parecer una labor tediosa y banal, rasurarse la barba era cuestión ardua en tiempos en los que no existían las maquinillas de afeitar y la labor había de hacerse a navaja, con tino y buen pulso y exponiendo la cara a cortes o arañazos. Es por ello que a menudo, si la economía lo permitía, era preferible acudir a un profesional aunque bien es cierto que entre las gentes más humildes, el afeitado distaba de ser una actividad diaria, aunque ciertos prejuicios culturales, como el asociar la barba con los musulmanes, animaban a los varones a mantener su cara razonablemente despejada.

Salón de peluquería de Vicente Galián. A la derecha, la calle Adresadors.
En una sociedad que andaba lejos de alcanzar nuestros niveles de higiene personal, el corte de pelo más que una cuestión de moda era una necesidad pues liendres y piojos no eran ajenos a las cabezas de nuestros antepasados medievales y aún en el siglo XIX no siempre disponían en la hacinada ciudad, de medios adecuados para preservarse de infestaciones parasitarias, lo que venía facilitado por el hecho de que en viviendas no demasiado grandes, pudiesen llegar a convivir varias familias. Por supuesto las condiciones higiénico-sanitarias de la masa más humilde no eran compartidas por los grupos más pudientes para las cuales la peluquería era además un lugar para ponerse a la moda, marcar tendencia o imitar las novedades que llegaban de Europa, con Paris como referente.

Durante mucho tiempo el barbero/peluquero fue además un practicante que empleaba su tino con la cuchilla para practicar sangrías o sajar quistes. Los avances médicos los fueron alejando de estas funciones aunque ya bien entrado el pasado siglo XX aún había barberos que dejaban la tijera para poner alguna inyección.

Desconocemos por completo si Vicente Galián Llorens compaginó el arte de la tijera con el del bisturí, pero sí podemos decir que su peluquería llegó a ser un ejemplo de veteranía en el antiguo 17 de la calle Adresadors haciendo esquina con la de Escolano.

En el último tercio del siglo XIX Galián abrió su salón de peluquería. De él tenemos noticias al menos desde 1879 y la sospecha de que no debió llegar al negocio mucho antes, resultando probable, aunque no constatado fehacientemente, que se iniciase, acabado su periodo de aprendizaje, a lo largo de esa década de 1870.

Eligió para ello un emplazamiento idóneo, haciendo esquina a dos calles, lo que le proporcionaba dos ventajas, la primera de ellas era la doble visibilidad que proporcionaba a su negocio tener escaparate a dos calles diferentes. La segunda, especialmente relevante para un peluquero, era la luminosidad que ese emplazamiento le proporcionaba, resultando como resulta fundamental para un peluquero gozar de buena luz.

La rígida moral de la época consideraba un acto de promiscuidad y mal gusto que señoras y caballeros coincidiesen en un espacio tan reducido compartiendo tiempo y conversación. De este prejuicio surge la diferenciación entre peluquerías de señoras y peluquerías de caballeros aún vigente y que como vemos no respondía en origen a una mera cuestión de técnica y estilo. La peluquería de caballeros era, y en gran medida aún es, un espacio masculino que las damas respetables tenían a bien evitar y de hecho solo en las últimas décadas han comenzado a generalizarse las peluquerías “unisex”. Galián orientaba su salón a caballeros e incluía en su carta de servicios el lavado de pelo, el corte y el afeitado a cuchilla.

Grabado. Barbería en el siglo XVI
Desde siempre la lucha contra la calvicie se ha enfocado desde los más variados frentes, casi siempre con escaso éxito real y merma para el bolsillo del alopécico. Ya hemos visto en este blog algunos ejemplos de pseudomedicina y hace unos meses hablamos de Heliodoro Lillo, su perfumería “selecta” y el supuestamente milagroso “Céfiro de Oriente Lillo”, cuya virtud parece probada, aunque no para bien, por el hecho de que por el mundo sigamos andando  muchas décadas después unos cuantos hombres “de frente despejada”. Pero cuando todo fracasa y el crecepelo no funciona, la solución eterna pasa por la táctica del disimulo. No es nuevo pues en la antigua Roma incluso un conquistador como Julio Cesar tapaba su alopecia tirando de diadema y de “cortinilla”, dejando crecer su pelo de atrás y peinándolo hacia adelante.
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Por ello Galián, al igual que otros peluqueros, ofrecía servicio de pelucas, peluquines y postizos varios, arreglo que podía acomodar tanto al caballero alopécico como a la señora coqueta que deseaba aplicarse moños o extensiones sin tener que someterse a una larga y cara sesión de peinado. Este servicio por tanto, se ofrecía por igual a señoras y a caballeros aunque las damas más pudientes sin duda preferirían acudir a alguno de los salones específicos para ellas antes que hacerlo a una peluquería para hombres.

El salón de peluquería de Vicente Galián permaneció en la esquina de Adresadors con Escolano durante toda su historia, incluso después de la demolición del viejo inmueble y la construcción de un nuevo edificio en 1905. Cerró sin traspaso entre 1912 y 1913 y parece que Vicente no volvió a regentar negocio alguno en Valencia a pesar de que vivió algunos años más. Falleció en enero de 1923.

Autores: G. Fernández y E. Ibáñez.