domingo, 9 de marzo de 2014

Pirotecnia de José Báguena .Calle Arzobispo Mayoral, 17.


Pirotecnia de José Báguena. Calle Arzobispo Mayoral, 17.


Fotografía de un taller de pirotecnia. Extraído del blog Las mil y una foto

La pirotecnia tiene un papel fundamental en las festividades de la ciudad de Valencia, con especial mención a las Fallas, de las que se convierte en protagonista principal de diversos actos festivos como las populares “mascletaes”, los castillos o las “despertás”. Así en torno a la ciudad se ha creado una industria pirotécnica que ha convertido a la provincia de Valencia en uno de los referentes geográficos del sector a nivel internacional. El riesgo de accidentes ha mantenido los talleres e industrias alejadas de la ciudad, pero dentro de la misma se ha desarrollado un comercio especializado en la venta de artículos pirotécnicos durante todo el año y a un nivel menor, una red de vendedores circunstanciales, por lo general quioscos y similares, que comercializan petardos y otros explosivos y fulminantes recreativos durante las fiestas falleras y las semanas previas a estas.

Membrete de factura

José Báguena abrió su industria pirotécnica en los últimos años de la primera década del siglo XX. En 1908 ya tenia almacén y despacho en la calle Arzobispo Mayoral y allí lo mantuvo siempre a lo largo de su historia aunque la numeración cambió y durante la guerra esta fue conocida como calle de Juan Soto. Las leyes, bastante más permisivas en el pasado, hacían posible que tal negocio almacenase pólvora en una zona tan céntrica de la ciudad aunque por si acaso la fábrica de Báguena no se encontraba allí, sino en la carretera de Paterna, dentro del término de la pedanía de Benimàmet, debidamente alejada de Valencia.
Báguena no contaba en término de Valencia con gran competencia. En 1920 tan solo las casas Báguena y  Picó contaban con sede comercial en término de la ciudad. Los riesgos de la actividad impulsaban a los fabricantes a establecerse en zonas rurales con baja densidad de ocupación y suelo económico a cierta distancia de la población, lo que los alejaba de la ciudad y empujaba a las pirotecnias a instalarse fuera del municipio.

Ni la población en general, ni mucho menos los políticos eran ajenos a los riesgos que los productos inflamables conllevan. Cuando los Moroder abrieron su fábrica de fósforos, el debate sobre el riesgo de este producto hoy cotidiano pero entonces novedoso, llegó a la prensa, con columnas de opinión poco tranquilizadoras ¡y eso que la fábrica estaba en Alfara del Patriarca!.

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Los accidentes, frecuentes aún hoy en día pese a las medidas de seguridad, sucedían y a menudo con dramáticas consecuencias. Báguena no se libró de ellos, el 6 de mayo de 1922 tres operarios manipulaban compuestos explosivos en las dependencias de la fábrica, es posible que uno de ellos golpease un compuesto poco estable o detonante por percusión lo que originó una secuencia de tres explosiones que redujo a ruinas parte de las instalaciones acabando con la vida de los operarios Amparo Flor, Vicente Camps y Filomena, joven de 19 años que llevaba pocos días trabajando en la empresa. Tras la primera explosión se desató un incendio que provocó la segunda y tercera deflagración mientras el resto de empleados, bastantes de ellos con heridas leves, huía de la fábrica y cundía la alarma en Benimàmet. Algunos de estos operarios se sobrepusieron al pánico para volver sobre sus pasos y realizar sin éxito un desesperado intento de auxilio a sus compañeros atrapados entre los escombros y el fuego.

En 1927 el monopolio estatal sobre la pólvora, establecido por el ministro de Hacienda Navarro Reverter treinta años antes, fue derogado. En Valencia el concesionario de este monopolio en representación del estado era, tal y como vimos hace unos meses, el armero Julio Navarro (armería Pablo Navarro de la calle de San Vicente). La liberalización del mercado y la vuelta de la competencia en el sector hubo de beneficiar en cierta medida a los polvoristas y pirotécnicos como Báguena aunque el respiro duraría poco, pues el estallido de la Guerra Civil convirtió en estratégicas y vitales a las industrias relacionadas con la manipulación de explosivos, lo que las convirtió en objeto preferente de las colectivizaciones.

Membrete de factura

Acabada la guerra la pirotecnia de José Báguena fue capaz de sortear las dificultades y prosperar al punto de proclamarse sin el menor recato como “la más importante de la provincia”. Vendía género a todo el país y a los productos más habituales en Valencia tales como la traca, el “masclet” (explosivo recreativo de alta potencia) o el “tro de bac” (explosivo recreativo detonante por percusión) añadía otros de nombres sugerentes  como “alfileres bailarines”,  “boletas”, “guitarras de matraca” o  “loritos” entre otros muchos. Tales nombres responderían a productos de uso infantil, volantes, fulminantes de color o petardos de baja potencia, con precios que oscilaban entre las 2.25 y las 5 pesetas la unidad.

Albarán con algunos de sus productos

Tras la guerra ejercía la gerencia José Báguena hijo y a principios de las años cuarenta la empresa pasó a ser denominada “Viuda de José Báguena”, por fallecimiento de su fundador. Mantuvo, con José Báguena hijo al frente una notable actividad comercial durante toda la década. Sin embargo en la década siguiente la razón social desaparece de la ciudad. Su histórica delegación comercial fue ocupada por el fabricante de sellos de caucho Virgilio Alepuz.

Autores: Gumer Fernández Serrano y Enrique Ibáñez López

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